El problema de encontrarme contigo es que, después de casi dos años, todavía intoxicas. Y odio que estas palabras tengan escritas tu nombre y no el suyo como título porque ya hace tiempo me quedó claro que no te merecías ni la más mínima letra que mis dedos pudiesen escribir. Pero vuelves a hacer lo mismo de siempre y yo vuelvo a tener ganas de que te acerques. Pero esta vez lo justo. Solo para que observes los ojos que jamás podrás tener al otro lado de la almohada. No te dio mucho tiempo a verlos aquella noche de diciembre. Y puede que suene prepotente pero no me importa. Tu lo hacías cada vez que hablabas. Atrévete a mirarme a los ojos, a los mismos que te lloraron esa madrugada entera hasta doler mientras prometían no hacerlo nunca más. Atrévete a llamarme una sola vez y a decirme "lo siento" como debiste haber hecho esa noche. Atrévete a decirme que todo lo que pasaba por mi mente era mentira, que yo ya estaba completa y que no necesitaba a nadie que me salvase. Tus abrazos se convirtieron en puñetazos en el estómago y arañazos por mis piernas; tu sonrisa, en la tortura más angustiosa de todas las navidades. Juré odiarte hasta con la más mínima parte de mi cuerpo. Me convencí de que eras eso, tóxico, y que era mejor mantenerte lejos de mi. Ahora es todo un placer ver como sigues siendo el mismo capullo de siempre disfrazado de interesante que me llamó la atención. El mismo que ni siquiera es capaz de mirarme a los ojos. Presumías de valiente y has resultado ser todo un cobarde. Que te vaya bien.
19 de abril de 2014
24 de marzo de 2014
Amor es...
<< ¿Qué pasa ahora? ¿Qué hago yo con todo esto? >> Preguntó perdiendo su mirada entre las palmas de sus manos. << Temo que la vida se me haya quedado demasiado grande... >>. Masculló en un breve gemido que logró desencadenarse de sus lágrimas. Y le miró a él, que todo lo cura, que teje el olvido con sus agujas viejas, que por una vez parecía estar a su favor y no en su contra.
La caricia de su mano helada le hizo cerrar los ojos y dejarse llevar. Comenzó a secar sus lágrimas una por una, como acariciando el dolor y el sufrimiento que emitían. Y es que él sabía que cualquier caricia en esos momentos era como echar sal en las heridas. Y es que ya no era él quien se las daba. << ¿Por qué tienes tanto miedo? Me encargué de quedarme a tu lado par hacerte fuerte. Tropiezas y logras estabilizarte, pero una vez que caes tu misma te encargas de atarte de pies y manos. No puedes esperar que alguien quite todos los candados que tu sola te has puesto >>. Ella abrió los ojos como asustada, con la misma cara con la que se levantaba últimamente al no ver aquellos ojos marrones a su lado. Lo que quedaba en su pecho se había calmado y ahora sus palabras luchaban por revivir << Él podía, él quería... >> Una breve carcajada se escapó de la garganta de aquel hombre de ojos negros. << Claro que él podía, cualquiera puede... pero ¿de que hubiese servido eso? Te hice nacer libre, si me interpuse fue porque no podía permitir que tu libertad dependiera de él. >>. << ¡Pero de eso trata el amor! ¿O no? >>. Silencio. El miedo volvió a inundar su rostro como una ola que se lleva con ella restos de castillos, de princesas y de sueños. El hombre le sonrió con la dulzura con la que se sonríe a los más inocentes. Pasó su mano varias veces por su pelo ya canoso y le miró como advirtiéndole de que lo que venía era lo más importante que había enseñado en mucho tiempo. << El amor no trata de nada, el amor se hace, se escribe, se relata y se enseña. El amor es el brillo de una mirada, el sabor de unos labios o el calor de una caricia. No tiene forma ni sentido, es locura y éxtasis, y también lágrimas y sufrimiento. Eres tu, libre y sin miedo. Y también era él en susurros y sonrisas. El amor es original y diferente, y si es como el resto no es amor; es mentira. Y como las mentiras, siempre se acaba descubriendo >> Y se despidió con una última caricia helada de esas suyas, cerrando la puerta con la fuerza de un "lo siento" y un guiño cómplice. Y ella esperó a ver amanecer por su ventana, viendo amor en cada nube, en cada rayo dorado, en cada aleteo torpe de los pájaros y en cada caricia que el viento regalaba a los árboles.23 de marzo de 2014
23-03-2014
Nunca se me dio bien escribir cartas sin destinatario, y es que todas acabaron en un lugar llamado olvido gritando sentimientos que permanecieron ahogados durante mucho tiempo. Porque siempre llovía y nunca pensé que mereciera la pena salvar a ninguno. <<Ya he hecho demasiado aguantándoos>> y me alejaba mientras gritaban más fuerte que el resto del mundo. Y eran ellos a los que escuchaba mientras me mirabas de esa forma tan tuya. Como para recordarme que estaba en la tierra y que el cielo todavía estaba unos metros más arriba. Tu eras eso. Nubes rozando el suelo y sol acariciando la luna. Eras como esa canción en medio de una fiesta con la que te olvidas del mundo. Ese minuto de locura en el que comienzas a cantarla a base de gritos. Porque sí, porque te da igual, porque es TU canción, TU momento. Tu lo eras. Eras mi momento. La paz en medio de mi guerra, mi sonrisa en pleno junio cuando creía que no tenía nada más que perder. Mi lluvia, mi tormenta, mi pequeño trozo de invierno con treinta y seis grados a la sombra. Eras amargo como el té de las cinco y dulce como las fresas en abril. Como un chocolate caliente con sofá y mantita un domingo por la tarde. Reconfortante como la música antes de dormir o una habitación oscura con olor a vainilla un viernes por la tarde. Eras todos y cada uno de mis pequeños placeres. Todo y a la vez nada. Porque no fuimos aunque tu eras y yo era contigo. Porque te fuiste y ya no me quedas. Y hace poco decidí irme yo también.
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