Quizás debería contar los días que tardo en olvidarte o escribir algo cada vez que te recuerde. Cualquiera de las opciones serían buenas si no dolieran tanto. Llega el otoño con su melancolía y tu ausencia y caigo como una hoja desde tus brazos hasta el suelo mientras tu sostienes a otra bien fuerte. Supongo que brillaba más que yo ¿no? Silencio. Eso es lo que guardas. Y me desespero porque quiero entenderlo y entenderte pese a todas las consecuencias que conlleve, pero lo guardas. Y se me clava el recuerdo de tu voz lentamente en mi cabeza con cada palabras que no dices, con cada palabra que no escribes con esos dedos que imaginé que acariciaban mi cara aquella noche de agosto. Entonces tus brazos todavía estaban dispuestos a acogerme. Tus palabras todavía estaban dispuestas a calmarme. Y tu sentido del humor todavía era capaz de transformar lágrimas en sonrisas. Ahora más bien transforma mis sonrisas en lágrimas, pero no son suficientes, no como para sacarte de aquí dentro. Y es que sigues teniendo esa mala costumbre de irte de día y volver de noche, igual que los monstruos de debajo de la cama que los niños pequeños temen. La diferencia es que tu prefieres aparecer a mi lado y que yo daría lo que fuera por parar el tiempo y quedarme contigo. Pero eso nunca pasa y el sol vuelve a aparecer, más brillante que nunca, tanto que incluso parece un insulto. Y de nuevo te recuerdo y pienso en escribirte o en que quizás debería comenzar a contar los días que tardo en olvidarte, como dando por hecho que no me va a resultar tan fácil como a ti.

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